Meseta de Prosperidad
Jan 21, 2026

¡HOLA! Te doy la bienvenida a mi blog, soy Alfredo Esponda. Te ofrezco ideas acerca de liderazgo que puedas aplicar en tu medio, ya sea hogar, trabajo o ambiente social.
Don Martín se casó sin entregar anillo de compromiso, ni brindar luna de miel a su flamante esposa, Doña Tey. Su situación económica se caracterizaba por un cúmulo de carencias que le impedían gozar de los satisfactores más básicos. Sin embargo, casóse bien.
La esposa era sobrina nieta de un potentado ya muerto. La heredera, la Tía Hercilia, tenía un gran cariño por Teycita. De modo que se acercó a Martin y le dijo: “quiero que me administres uno de mis ranchos”. Martín reaccionó positivamente y de inmediato se hizo cargo de un rancho.
El rancho poseía 75,000 hectáreas, 30 mil cabezas de ganado y 60 trabajadores. Tenía casa grande y una docena de casitas donde vivían sus trabajadores. Don Chepe Conde era el capataz con un gran arraigo. Tenía más de veinte años trabajando allí.
Martín trabajó con gran entusiasmo y sacó adelante el rancho. Pagó con puntualidad las rentas acordadas con la Tía Hercilia. Muy pronto descubrió las ventajas adicionales del rancho produciendo excedentes muy nobles. En tan solo ocho años tenía ahorros como para haber llegado con la Tía y pedirle: “véndame el rancho, dígame cuánto y deme un plazo”.
La Tía, que adoraba a la pareja, ahora con cinco hijos, aceptó. Martín se convirtió en el hacendado más próspero de la región. Había comprado un camión y luego otro y luego otro más. Todo ello para comprar cosechas y trasladarlas a la ciudad más cercana.
Martín, Teycita y sus cinco hijos disfrutaban de una auténtica meseta de prosperidad. Nada les faltaba.
Martín, como el empresario más próspero de la región, comenzó a convertirse en el cajero de sus colegas rancheros, prestaba y prestaba, pero sin reglas.
Vino la temporada de tres cosechas perdidas por la sequía que caracterizó a toda la región. Fue a cobrar lo prestado y todos dijeron lo mismo: “Martín tú sabes, mejor que nadie, que no tengo con qué pagarte, las cosechas se perdieron, esperemos que a la próxima sí pueda pagarte”. Él también necesitaba dinero. Nunca hubo. Descendió a la fosa del infortunio.
Martín fue al banco, el Bangrícola, que estaba para apoyar a los agricultores. Le prestaron con facilidad y volvió a sembrar. Pero este año hubo huracanes que se convirtieron en inundaciones y se perdieron las cosechas. Llovió, en exceso. Vacas muertas flotaban. Todo se perdió, otra vez.
El gerente del banco se presentó a cobrar con papeles firmados y autoridades que lo apoyaban. No había plazo de por medio, tendría que pagar de inmediato. Martín pidió un plazo de 30 días para pagar. Se lo concedieron.
Martín se dedicó a buscar a los rancheros a quienes él les prestó, con la seguridad de que sus grandes amigos, por fin, le pagarían. No fue así. Él no tenía manera de exigirles, no tenía papeles, contratos o cualquier documento que avalara los préstamos. Todos eran a la palabra, práctica cotidiana en ese medio. Todos le fallaron.
A los treinta días se presentó el gerente del Bangrícola con autorización de embargo. El gerente procedió a rematar el rancho, quedándole a Martín una ínfima parte del valor. El rancho pasó a propiedad no del banco, sino del gerente del banco.
Martín destrozado, remató lo que pudo y se trasladó a vivir con su familia a la casa de un compadre que lo recibió con los brazos abiertos. Se le acabó su plataforma de prosperidad, descendió a la fosa del infortunio.
El cielo se le abrió a Martín, cuando uno de sus hermanos le comentó que las cosas le iban muy bien. Lo invitó a participar. El negocio consistía en comprar camiones de volteo para ofrecer el servicio de trasladar tierra de un lugar a otro. Pagaban bien, le dijo su hermano. “Estamos construyendo la carretera que va de Villahermosa a Ciudad del Carmen, vente”.
Se levantó desde casi cero, otra vez. En tan solo seis meses Martín ya contaba con tres camiones enormes, entró en una nueva plataforma de prosperidad que le permitió trasladar a su familia a una nueva casa que acababa de comprar. Todos felices nuevamente juntos.
Después de tres años se acabó el auge y el trabajo, la carretera estaba terminada. La gente ya podía viajar para transitar hacia Ciudad del Carmen, en Campeche. Se acabó la plataforma de prosperidad, ¿en qué usar sus tres camiones? No había proyectos a la vista.
Martín descubrió a un ingeniero que estaba comenzando a explotar unas minas en Iguala. El ingeniero lo persuadió para unirse al negocio de las minas. Al fin, “habría trabajo para mis camiones” dijo y los trasladó de Campeche a Guerrero.
Otra vez vivió el auge. Vivió en otra meseta de prosperidad. De repente, sucedió lo impensable. Durante la cena de Navidad entró una llamada telefónica que le subió el color. Martín se volteó a su familia y les dijo “me tengo que ir”. Dejó la cena de Navidad a medias y emprendió el viaje a Iguala.
El suceso consistió en que Nazario, uno de los choferes, estaba brindando en una cantina cuando comenzó a discutir con otro parroquiano que, disgustado, sacó el machete y le cortó la cabeza. Este hecho provocó costos tan elevados para Martín que ocasionó la quiebra absoluta de su capital. Otra vez se quedó desposeído de sus recursos y sin posibilidad de salir adelante. Cayó a una nueva fosa del infortunio. Con lo poco que le quedó compró un taxi, comenzó a ser ruletero con un “cocodrilo”. John Galbraith dice que “el hombre vive con el temor de la obsolescencia de sus herramientas”. Martin no tenía mayor preparación.
Conozco a varias personas que viven su meseta de prosperidad y creen que durará para siempre. El engaño de una meseta es que nos hace sentir que siempre estará allí para brindar la calidad de vida que siempre hemos soñado y no advertimos que, en algún momento, por lo demás inesperado, se nos terminará. ¿Conoces casos así? ¿Te ha sucedido? “Pon las barbas a remojar, cuando veas las de tu vecino cortar”
¡HASTA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES!
HERBERT SPENCER: El progreso no es un accidente, es una necesidad de la naturaleza.